Las circunstancias aprietan, mas no me rompen.
Escuchando el desahogo honesto de mi amiga, en su duelo por desengaño…
Todo cambió cuando entendí que la diplomacia nunca fue suficiente y tomé la valiente decision de elegirme a mí.
Por mucho tiempo, quizás más del necesario, abracé la pasividad; no por falta de coraje, sino por respeto a expectativas que luego me decepcionaron.
Construí quimeras sobre arena movediza; las manos que debieron cuidarme y velar por mi integridad, prefirieron echarme al horno y burlarse sínicamente.
Un sentimiento ambiguo secuestra mi pecho: un disparo en la espalda, un alivio en el alma, unas ganas inmensas de llorar, una fuerza interior que me sonríe. Porque cuando damos desde un lugar íntegro y sincero, y recibimos a cambio un balde de agua sucia, no queda más que recoger con compasión los pedazos y llevárselos a Dios; experto en hacer obra de arte con nuestros garabatos.
Me niego a quedarme atrapada en una historia donde mi valor siempre es cuestionado, donde la lealtad no es recíproca y donde tengo que hacerme chiquita para pertenecer.
Me elijo a mi, y no, no es ego, es dignidad. Porque el ego busca imponerse y siempre querer tener la razón, mas la dignidad es un acto sublime de amor propio y respeto, que abraza la paz y habita la serenidad.
Acepto el vendaval, honrando todas y cada una de las emociones que me visitan. Lloro cuando quiero hacerlo, escribo cuando necesito sacarme el corcho del pecho, oro para descansar en el jardín secreto del alma donde soy amada, reconfortada y siempre bienvenida.
Desde este incómodo y curioso lugar, acepto la diculpa que nunca llegó, elijo perdonar y deseo que le vaya bonito.
Amor y Gracia,
Sandy


