Qué linda la mujer que ha aprendido a verse en constante evolución, y no como punto final.
Dos mejores amigas conversan, una toma la palabra…
Por mucho tiempo las mejores flores de mi jardín estaban reservadas para los demás: mi tiempo, mi atención, mis consejos, mi energía. Siempre en segundo lugar; con el alma en retazos, pero cargando en mi pecho la medalla de honor de “es mejor dar que recibir”.
No, así no. Ser negligente conmigo a cambio del aplauso de manos que no sostienen las mías cuando estoy abajo no es una virtud, es una pendejez. Un autosabotaje, un abandono frontal a la persona que siempre ha estado —y estará — conmigo siempre: yo.
Estoy aprendiendo a conocerme, estoy aprendiendo a aceptarme, estoy aprendiendo a sostenerme, estoy aprendiendo a celebrarme. No, no por egoísmo ni arrogancia, sino por amor, por dignidad, por protección, por respeto, por mi paz.
Descubrir colores que me calman, sabores que despiertan un “no sé qué” dentro de mí; música, lectura, creatividad, pasatiempos, manualidades… ¿Dónde estuve todo este tiempo?
Reconocer mis talentos, mis virtudes y aptitudes; sentirme cómoda en mi propia piel con los cambios naturales que regalan los años; vestirme a mi gusto y no por moda, es una realización personal que me hace sentir fuegos artificiales en el corazón.
Sentarme en silencio con mi cafecito en mano, abrazar la imperfección de las cosas, escuchar con amabilidad lo que mi cuerpo trata de comunicarme, sentir lo que siento sin culpa ni verguenza, se siente bonito; conversar con Dios desde ese sentido de libertad y aceptación, es simplemente inexplicable.
Estoy aprendiendo a conocerme, estoy aprendiendo a aceptarme, estoy aprendiendo a sostenerme, estoy aprendiendo a celebrarme, saboreando cada parte del proceso.
Amor y Gracia
Sandy


